Antiliberalismo (o democracias iliberales)

Hace cierto tiempo que se empezó a hablar de las democracias iliberales (que, para mí, son antiliberales más que iliberales) y tenía ganas de decir un par de cosas al respecto. Cosas que he dicho en Twitter y Facebook, pero que me apetece poner negro sobre blanco.

Una palabra que mucha gente usa pero poca gente sabe lo que significa del todo, o cree que significa una cosa que no es (o cree que no significa una cosa que sí que es) es la palabra «democracia».

Etimológicamente, «democracia» viene de las palabras gobierno y pueblo. Es, por decirlo así, «gobierno del pueblo». Del pueblo, no de la mayoría. Del pueblo como un concepto completo. Esto es importante, porque una mayoría no es el pueblo. Es una parte del pueblo, pero no el pueblo. Guardemos este concepto en la cabeza un rato y luego volveremos a él.

Tipos de democracia hay muchas. Hay democracias sin partidos políticos, democracias de partido único, democracias orgánicas y todo lo que queráis. No me extenderé en este tema porque para esto está la Wikipedia si alguien quiere saber más, pero, por ejemplo, Cuba dice ser una «democracia de partido único», en la que el pueblo puede «libremente» elegir a sus representantes, pero esos representantes sólo pueden aplicar la doctrina comunista; formalmente el franquismo (según ellos) era una «democracia orgánica» porque el pueblo podía elegir «libremente» a sus representantes, en tanto en cuanto estuvieran adscritos a los Principios Fundamentales del Movimiento.

Pero todo eso no es una democracia para nosotros. A lo que nosotros llamamos democracia se la conoce por el apellido «liberal» (no confundir con el Estado Liberal, que es otra cosa del pasado). Vamos a entrar en el intríngulis de todo esto.

En Occidente vivimos en sociedades plurales. ¿Qué significa eso? Que en nuestras sociedades hay de todo, como en botica. Gente buena, mala, mediopensionista, de izquierda, de derecha, con dinero, sin dinero, trabajadores, empresarios, del Recre, del Barça, creyente, atea y hasta algunos a los que no les gusta Supertramp. Hay de todo. Hay muchas visiones de sí mismos, de la vida, del país, del mundo, de la economía y de todo y muchas de ellas opuestas. Y además, la gente cambia de opinión. A eso se le llama pluralismo.

Entonces, tenemos que el Pueblo (con mayúscula, porque sólo hay uno) es mucha gente, muy distinta, que piensa muchas cosas distintas, y que además puede cambiar de opinión. Ahora sí que necesitamos retomar lo de «gobierno del Pueblo» y no de una mayoría coyuntural.

Las democracias liberales son aquellas que presuponen que el Pueblo es plural, con muchas visiones políticas distintas, y que además esas visiones pueden cambiar (el pluralismo político). Es decir, un sistema de gobierno de todo el Pueblo donde, al poder cambiar de opinión su gente, los que ahora son mayoría pueden ser mañana minoría, y que (como Pueblo somos todos), las mayorías no se puedan comer a las minorías, precisamente entre otras cosas, porque nadie te asegura a ti que mañana no vas a ser tú minoría y lo que no quieres para ti no lo quieres para los demás.

Por tanto, ha de ser un sistema en los que la mayoría que en un momento puede ostentar la responsabilidad de gobernar (tener el Gobierno, vaya), ha de estar muy controlada por otros que no son ellos mismos – ni de los suyos – para asegurarse de que respeta a los que no son los suyos, porque recordemos que el Sistema es de todos, no de la mayoría (eso es otra cosa de la que hablaremos otro día, supongo).

Todo esto está muy bien y es muy bello, pero todos sabemos que la gente puede no ser tan bella como las palabras; y como el ser humano es ambicioso de por sí y si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente, es importante, como dijo James Madison, frenar la ambición con la ambición. Por eso, en las democracias liberales, el Poder tiene bastantes frenos y controles y el Gobierno no debe poder hacer lo que le apetezca sin dar explicaciones a nadie y sin control. Aquí sale lo del «check and balance»: los contrapesos.

Los contrapesos para «frenar» a quienes tienen la responsabilidad coyuntural de gobernar son fundamentales en la democracia liberal: una Justicia independiente, una oposición con la capacidad de fiscalizar y unas entidades en la Administración fuera del juego político.

Esa es la esencia de la democracia liberal: un sistema plural con elecciones libres y competitivas (las dos cosas) donde se elige regularmente a una serie de señores, de distintas ideologías, donde unos ostentan el Poder y otros les controlan y otros se presentan como alternativa a los que tienen el Poder. Un sistema con muchos contrapesos para tratar de hacer evitar que algún Gobierno vaya demasiado lejos y asuma más poder del que les corresponde (ellos y sus sucesores, porque los poderes extra que se da un Gobierno a sí mismo se lo dan también a los otros que vengan después).

Un sistema que controle las veleidades que pueda tener un Poder Ejecutivo de coartar los derechos de quienes no piensan como ellos. Un sistema, en definitiva que evite que una parte coyunturalmente dominante (pero una parte nada más) trate de «desvirtuar» el sistema de todos para poder hacer aquello que, en filosofía liberal, no pueden hacer salvo que tengan la «bendición» de otras partes del Sistema (y no hablo sólo de ley, ojo).

Este coñazo que os he soltado, es, en esencia la democracia liberal, que es a lo que nosotros llamamos democracia.

Los antiliberales (también llamados iliberales) no creen en la democracia liberal. O creen sólo formalmente. Su visión filosófica, digamos, va por otro lado. Va por el lado de que el Sistema, el Estado, ha de estar orientado hacia un objetivo específico (y no otro).

Puesto de otra forma, en algo así: «No queremos este Sistema tal y como está. Queremos otro sistema, o una reorientación del Sistema (que no quiere buena parte del Sistema pero nosotros sí); así que, ahora que tenemos el Poder, hemos de reorientar las bases del Sistema (no estos 4 años de Gobierno: el Estado, el Sistema completo) hacia un objetivo determinado que nosotros queremos, que es A. Por tanto, si la mayoría ha elegido a un Gobierno con el objetivo A, ese objetivo A ya es objetivo de todo el Estado, de todo el Sistema, del país. Por tanto, el que se oponga al objetivo A va en contra del objetivo del Estado, y como el objetivo del Estado está por encima de vaivenes políticos, es lógico que se defiendan los objetivos del Estado, que somos nosotros, y por tanto, hay que luchar contra aquellos que están en contra el Estado. ¿Cómo? Empecemos quitándoles contrapesos. Cuantos menos contrapesos tenga el Gobierno, menos fiscalización, y menos problemas para hacer el objetivo A.»

¿Precio a pagar?

Si te cargas contrapesos, es más difícil que otros puedan llegar al Gobierno en buena lid (yo espero que alguien se levante un día y se pregunte por qué los antiliberales duran tanto en el Gobierno, si es porque son una maravilla o es quizá porque usan todos los resortes del Estado (incluso los que no deberían), para seguir en el Poder).

Por otro lado, cuando empiezas a tirar millas, y haces un Estado «de parte», por definición dejas fuera de lo que es un buen ciudadano a quien no comparta los objetivos A. Esto tiene, como consecuencia, que a largo plazo la definición de Pueblo cambia. Ya hay dos «Pueblos»: el Pueblo como entelequia puramente legal, y el Pueblo de verdad que es el que comparte el objetivo A, y a ese le ayuda toda la maquinaria del Estado. Y el que no es Pueblo de verdad, o termina exiliado o termina mamando o termina mal a largo. Por eso es tan peligroso el antiliberalismo: porque hace un sistema de parte. Y no lo hace de un día para otro, es un movimiento lento, poco a poco.

La democracia liberal no son leyes, o no son sólo leyes. Es una filosofía entera que se basa en que el Pueblo es mucha gente muy diversa y que cambia, y esa gente que cambia tiene un sistema político hecho para que la inmensa mayoría, si no todos, estén dentro del sistema: unas veces gobernando, otras veces controlando y otras veces pactando. Vigilándose todos entre todos y evitando, entre todos, que un grupo, en un momento dado, por una mayoría coyuntural, por un resquicio legal o por creerse más listo que ninguno, trate de coger más poder del que le corresponde. Y si lo hace, que haya formas de corregirlo y de que asuma las consecuencias de sus decisiones. Y que los cambios en la arquitectura del sistema se hacen con el consenso apropiado de una gran parte de esa sociedad plural.

Hay muchos ejemplos recientes en muchos países que han caído en lo más bajo del pozo antiliberal (Hungría, Venezuela) y otros que hacen cosas antiliberales, pero aun así se producen cambios de Gobierno (Los Estados Unidos, el Reino Unido, Argentina, Bolivia).

En esta España mía, esta España nuestra, el momento antiliberal fuerte empezó en 2014 con unos señores que decían no se qué de «romper el candado del 78» (mirad lo que escribí al respecto hace 7 años, siete, al respecto), pero todos los Presidentes, todos, han tenido como mínimo un momento antiliberal (que, repito, no va de saltarse la ley; va de cambiar leyes sistémicas para cambiar la filosofía del juego sin un gran pacto dentro del sistema, o hacer algo que en las reglas del juego está feo). Por poner algunos ejemplos (me dejo a los Presidentes de la UCD fuera):



1.- Felipe González hizo una RTVE de parte parte (y no es el único) y cambió la LOPJ para que el Congreso metiera mano en los nombramientos de los jueces en el CGPJ, que no era lo que estaba pensado en la Constitución.

2.- José María Aznar rompió el consenso en Política Exterior entrando en la Guerra de Irak, y además nombró a un diputado del PP Director General de RTVE.

3.- José Luís Rodriguez Zapatero rompió el consenso en política territorial y además hizo nombramientos en el Banco de España que ni eran independientes ni estaban pactados, como siempre.

4.- Mariano Rajoy declinó el mandato del Rey de intentar formar Gobierno en 2015 e intentó que el Congreso de 2015 se autodisolviera para repetir elecciones sin que hubiera ningún candidato a la investidura.

5.- Pedro Sánchez ha nombrado a su ministra de Justicia Fiscal General del Estado y ha cambiado, sin consenso de la oposición, la LOPJ, dos veces, quitándole funciones mientras no estaba reelegida. Intentó también cambiar las mayorías de elección del CGPJ para hacerlo por mayoría absoluta pero Europa dijo nein.


En suma, ni la democracia liberal es una cuestión de leyes, ni el ser antiliberal es tampoco una cosa de leyes. Es una forma de entender la sociedad donde vivimos y al resto de la gente que no somos nosotros ni piensa como nosotros.

PD: Antiliberalismo químicamente puro fue lo que pasó en un lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme hace pocos años.